Carta desdeñosa al fastidioso oficio del teatro

Tiempo de Lectura: 4 Minutos

Por: Enmanuel Peralta

 No hay arte, para mí, más detestable y estúpida  que el teatro. Quizás por ello últimamente desperdicio mi vida en ese oficio tan fastidioso. Independiente de los aportes que han hecho algunos genios ingleses, omitiendo a los rusos, sigue siendo como dice el más ridículo aún Humbert Humbert: “un arte sobre el sentido común del sentido común para los más comunes de los mortales”. Debí llevarme de los consejos de mi padrastro quien fue feliz siendo peluquero y vendedor ilegal de quinielas para la lotería. O de mi padre biológico que fue  un malísimo pintor y codicioso empresario(digo “fue” pero no ha muerto). Aunque los altos niveles de azúcar lo reclaman desde el más allá. Me decían, ambos, que yo tenía más talento para escribir que para actuar. Que quien escribe puede pavonearse de intelectual, pero que el actor acaba su vida, por más estrella que llegue a ser, como un moribundo, un sentimental y un  charlatán solitario. Así como dijo hace poco Brad Pitt: “me siento solo”. 

!Ridículo!

 Pero yo no soy Brad Pitt, todavía tengo compañía en el mundo del arte. Execrables casi todas, pero al final atinamos con un trago, cuando el día lo exige, y si es necesario que paguen ellos mi cuenta. Las amistades teatrales las mantengo muy bien conservadas, gracias a mi infinita frialdad para con ellos y lo distante que suelo ser con todo lo que tenga que ver con el arte dramático. No sea que me vayan  a contagiar con el sentimentalismo femenino de los actores. Los que ejercen tal oficio, la actuación, me causan la misma repugnancia que ver a un grupo de hombres jugando softball. No soporto un instante hablando con el tipo de hombre que se resigna a practicar softbol deporte después de haber fracasado en el baseball—lo cual, este último, es un deporte para contemplación de los dioses—, como tampoco soporto escuchar a la nutricionista gorda que estoy visitando una vez al mes para controlar mis trastornos alimenticios y reconfigurar mi abdomen. 

 Aunque debo decir, que después de la pandemia me ha empezado a gustar, con cierta vacuidad claro está,  asistir a las premiaciones en las que he sido nominado. Es algo tonto pero me esta gustando el aparataje y sufrir la ridiculez de desperdiciar todo un dia colocandome un traje al gusto y justo a la medida. Todas esas mamarrachadas me están haciendo un hombre sentimental y agradecido. Que estupido se ve un hombre inteligente agradeciendo a los patrocinadores que aportan una migaja a tu proyecto, pero esa humillación ha sido necesaria para financiar y materializar lo que solo esta en la imaginación del artista. Pero como yo no soy muy dado a comprar bebidas alcohólicas ni de comer exquisiteces con decoraciones pomposas a la francesa, así me desquito el bajo costo que pagué por mi smoking  y mi corbata, bebiéndome las botellas de vino y comiendo delicateses con una desesperación disimulada. Aunque prefiero las tertulias con mis amigos drogadictos de los suburbios del bajo Manhattan, comiendo Hotdog y algo de ron a la brigandina en el techo de mi edificio destartalado. 

 En verdad, prefiero algún día tener éxito como un escritor solitario, y así ahorrarme como  productor la tortura de formar en cada nuevo proyecto un “dream team” de aristas “positivos”, “alegres”, “proactivos”,  con ganas de “progresar” y “darlo todo por el todo”. Que espantoso suele ser ese proceso, ver gente creyendo que el teatro le devolverá todo el tiempo que van a perder ensayando y aguantando a un director que sabe menos de teatro que todos ellos. 

 Mi vida de actor es aún más aburrida que mi vida de productor; actuar es una quimera rimbombante, aunque es mejor que fingir en una oficina que eres feliz mandando y recibiendo emails por 8 horas de Lunes a Viernes con una porqueria de esperanza en un salario fijo. Preparar un personaje para mi es una tortura, ademas de adquirir dinero, mucho o poco, pero considero que es dinero muy mal habido. Gente más tonta pagando a regañadientes una boleta para ver qué tan creíble. Él proceso creativo de un personaje es altamente desinteresante; buscar emociones, traumas y frustraciones para revivirlos en una escena que nada tiene que ver con lo que el dramaturgo quiere expresar. Cuanta crueldad exigirle a un actor que desnude sus emociones en frente de una multitud para causar cierta impresión de uno mismo. Como detesto este proceso.  

 Y peor cuando es una comedia, y tengo que ser un actor “cómico”, es un extremo aburrimiento saber que cientos de personas en una sala pagan para que los haga reír. Si se miraran en un espejo dejarían de comprar mis boletas. 

 Por eso, anhelo convertirme en un escritor solitario y dejar el sucio trabajo de actuar y producir, para realmente vivir creando novelas de una belleza artística a la europea del siglo XIX, pero con el volumen de ventas de las novelas disparatadas, aburridas  y pasionales de Norteamérica. Con tal de que use mi suave, dócil y sublime lengua española. Y no esa horripilante lengua anglosajona, con una sintaxis maltratada y carente de expresividad. 

 Otro dia le hablo más del sucio oficio de ser actor. Pero hoy es ya bastante de escupir insultos contra el arte que me ha hecho ganar la vida durante un par de años. De todas maneras, hubiese preferido el oficio de carnicero o pescadero en un supermercado de Down Town. Perdonen pero no tengo palabras hermosas para este oficio. Y no es una sátira. 


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