El síndrome de Medea está latente

[Apuntes personales de la obra del dramaturgo y actor Fernando Vieira]

 Irse y no volver jamás,  el gran sueño de los que tienen sus corazones aplastados. “Me voy porque no puedo” en el texto recientemente publicado “Dos Piezas Teatrales” de mi amigo Fernando Vieira; me trae un recuerdo del trasfondo de la tragedia griega de Medea. Ósea, el síndrome de Medea es latente en esta pieza.

 Ante todo me parece una bellísima pieza de teatro, la fotografía de una ambientación extraña—y genial—,  más bien te sumerge en una época, algo pop, un letrero gastado de Coca Cola  colgando de una bodega pobre ubicada en un barrio de clase media,  algo ochentera o más para atrás; el lector podría ajustarla  a  su propia nostalgia. O, tenerla por algo raro que no es hoy. Sí. Algo hace decir que la obra se desarrolla hace no muy poco, pero que tampoco como que no fue hace tanto. Así como Once Upon a Time in Hollywood te despierta un “Vintage Feeling”.

 O tal vez, se puede, según la imaginación propia,  ambientar la obra con la nostalgia del recorrer los balcones floridos de algún  barrio colonial de América Latina,  bajo el sol candente de la una de la tarde, con el “vintage feeling” de que las cosas ya no son igual que antes. Ir por aquellos lugares de la infancia recordando eventos que ahora son imposibles, ir de solitario en días soleados y polvorientos, como la Comala de Juan Rulfo en su Pedro Páramo, donde todo lo que pueda rodearlo le parece extraño y muerto. Mirar con ojos añejos los vestidos coloridos,  faldones con bordados de mariposas, o la tela negra del luto inmutable de una señora; recordar tales atuendos cuando aún las mujeres conservaban el recato y el pudor, y ahogaban sus rabias y celos en lo hondo de su alma.

 Se puede escuchar, mientras leemos el monólogo, baladas americanas o españolas  tocadas en la radio de los cuarenta, o con la  de un tocadisco de vinilo mientras la amargada señora empieza su impasible soliloquio dentro de su hogar para decir que se va. Yo la ajustaría a la canción  “Somewhere over the rainbow” interpretada por Jude Garland en 1939 para darle rienda suelta a la poderosa Medea.

 En esa desolación, ver una mujer desesperada por largarse, descoyuntada por la insolación del sol, y abandonar todo a su paso, marido, hijo, pueblo, oficio. Todo. Algo así como Eúripides hace de Medea, que se va con sus hijos en un carro de fuego, por los celos que la devoran.

 Hace más de una década que en el barrio donde me crié, conocí a Medea. En la calle  polvorienta y de descuidado asfalto, llamada Osíris Perdomo, una señora con el síndrome de Medea mató a sus tres hijas y luego se suicidó. Un verdadero carro de fuego le envió el diablo a la Medea de mi barrio para que se vaya con sus hijos abrazados en llamas.

 —Pero esta mujer, la de la pieza de teatro de Fernando, no mata a sus hijos ni a su esposo. Estás equivocado. ¿No crees que exageras?

 No seamos tonto, es una Medea en potencia, invertida, cruel, con la mente insolada de ideas y pasiones ahogadas por la maldad  del marido y la sociedad de su época que no aprendió a resignarse a rezar el rosario. Pero, es lamentable, que toda Medea tenga un origen social y marital, no una justificación, pero cuando esto pasa, dice el doctor en psicología y teólogo argentino Leonardo Castellani: “es signo de una degradación social y de injusticias no satisfechas”. ¡Ay de ese pueblo! Donde quiera que haya una Medea, se dice, que todo el pueblo es culpable. Literalmente, esta Mujer abandona su casa, su hijo, su pueblo y su marido, quien era tan infiel y machista como Jasón el marido de la Medea griega; sin dejar rastro, sin despedirse, sin inmutarse, sin remordimiento, impasible, siguiendo sus deseos, disfrazados de libertad y de sentido de “amor propio”, tratando de justificarlo con sus traumas del pasado.

 Yes. Es una Medea. No mató biológicamente a sus hijos, pero lo sacó desde lo más profundo de sus entrañas, diciendo: “Me voy y jamas regreso”, agarró sus maletas preparada por satanás, igual que  Medea su carro de fuego y como la mujer de la calle Osiris Perdomo, se montó en su ferrocarril de fuego. Y se marchó.

  Y jamás se volvió a saber de ella.

Apuntes de mis lecturas personales. Recomendada.