Desde los ojos de Dostoievski II: Las artes de los falsos profetas

Por: Enmanuel Peralta


  Empecemos: “Este credo es muy simple; es este: Creo que no hay nada más santo, más profundo, más empático, más racional, más valiente, y más perfecto que Cristo, y no sólo no hay nada, sino que me digo a mí mismo con un amor celoso que jamás podría haber algún otro. Es más, si alguno pudiera probarme que Cristo está fuera de la verdad, y si la verdad realmente excluyera a Cristo, preferiría quedarme con Cristo y no con la verdad”. Carta de Fiodor Dostoievski a Madame Natalya D. Fonvizina.

[Mujer que le regaló un nuevo testamento mientras cumplía condena de trabajos forzados en Siberia. Dostoievski le escribe inmediatamente logra salir para agradecerle ese simple regalo]

  Recuerdo una lectora  argentina, obstinada, y novata por cierto, en el campo de la literatura universal, que echaba en cara  con preguntas capciosas en un foro de lectores de los libros de Dostoievski, cuestionando qué, ¿Por qué Dostoievski mencionaba tanto a Dios en sus novelas? Que eso le bajaba entre los grandes escritores. Pero de momento  tuve que levantarme y dejarle ver que había algo de ignorancia en su desdén de Dostoievski por ser un cristiano ortodoxo.

  Si afirmacemos los presupuestos de la obstinada argentina, tendríamos que sacar de la lista grande a muchos otros escritores; tendríamos que sacar, por ejemplo, a Shakespeare, a Cervantes, a Christopher Marlow,  Charles Dickens, Victor Hugo, Dante Aligheri y su divina comedia, y muchos otros autores. Y no se diga más de Homero, que no solo menciona a un Dios en sus epopeyas La Ilíada y Odisea, sino miles de dioses que formaban parte del panteón griego. De manera que, no solo ella, la argentina, se encuentra dentro de estos malabares de confusión, rechazando la escritura profunda tan solo por ser de autores cristianos, también muchos otros en este mundo forman parte de la algarabía atea del siglo XX que dejó algunas huellas en el presente mundo postmoderno del yoga, el mindfulness y la happycracia. ¿Quién deforma en la actualidad la mentalidad de la gente como la argentina que pregonan que el hecho de hacer literatura con trasfondo cristiano le baja la calidad? Sin duda, los falsos profetas, profesores afrancesados, Netflix, Hollywood, y la literatura ridícula de editoriales yankees e inglesas.

 Hoy en día, sin embargo,  existe una peligrosa herejía literaria enseñada en las escuelas públicas de norteamérica: “the health benefits of Expressive Writing”.  para los que no sabemos mucho del idioma yankee quiere decir “los beneficios de la escritura expresiva”. Una especie de taller artístico para traumados que se pretende inculcar a los niños y adolescentes, pero que en el fondo no enseña más que un mundo artístico hueco, invitando a los que padecen los “problemas mentales”, que los promotores de esta “expressive activities” diagnostican. Ante todo el arte mágica de estos talleres que sanan traumas consisten  en  que,  los adolescentes expresen lo que les de las ganas, lo que le salga de sus más nimios antojos, sin buscar ninguna forma o expresión que lo invite a salir de la subjetividad instintiva, y luego, los talleristas, lo proclaman como un verdadero artista en los salones de sus mágicos workshops;  que nadie puede tener su  “expressive art” como arte inferior, ni corregirlo, solo alabarlo,  porque emana de su propio yo. Aunque sea un garabato. Y luego son exhibidos antes patrocinadores millonarios que le dan regalos y premios por sus destacadas “masterpieces”, los cuales compran y llevan a sus casas, despidiéndose con los rostros más felices ante los niños; sin embargo al llegar a sus hogares, tales magnates tiran las “masterpieces” al basurero.

  De ahí, o sea de tremenda mentira, nunca saldrá un artista, sino unos jóvenes  inflados de egos, hiper sensibles y malcriados, tal cual los falsos profetas les han diseñado por pura y buena intención de su “cognitive development”. Ellos, los niños, no solo no podrán por medio del método abusivo  expressive writing salir de los “traumas” diagnosticados. Sino, más bien, quedarán reforzados a ser vegetales mentales para siempre. Y  un verdadero arte no saldrá jamás, a no ser por un milagro divino, de los talleres de escritura expresiva. Al menos mientras sean guiados por esos falsos profetas. 

 El arte que se enseñaba en los talleres privados, públicos y conventuales de las grandes épocas de la cristiandad, era un arte que, en cualquier campo, buscaba la perfección, la belleza, las expresiones acabadas, respetando los estilos y las formas, las tradiciones artísticas recibidas, mejorando y criticando asertivamente los cánones fallidos, y encontrando nuevas formas de expresión. Las grandes obras maestras de la cristiandad en cualquier campo artístico, es un testimonio que no me deja mentir.

  Un cura argentino, por cierto, que la argentina que citamos arriba no conocía, y quizás el mayor teólogo de hispanoamérica, poeta, ensayista y crítico de arte, el padre Leonardo Castellani, decía que todo artista es un profeta, lo que hay que revisar, es, si son falsos o verdaderos profetas, no en el sentido de revelación divina, o profecía oracular, sino, más bien profetas que comunican lo profundo del espíritu humano. Decía  Castellani en tono jocoso, que entre los artistas religiosos habían profetas de Baal como los poetas franceses, y profetas de Dios como Hugo Wast en la argentina o como el ruso Fiodor Dostoievski. La verdad es que si Cristo enseñó sobre el reino de Dios infaliblemente usando relatos en parábolas, Dostoievski enseñó el reino de los cielos en la vida cotidiana y social a través de sus novelas de criminales y prostitutas,  corruptos y viciosos.

  Todo acto de crear obras de artes tiene que basarse en la inquietud más profunda, que es la búsqueda de verdad y belleza. Es todo lo que aprendí de Dostoievski, es eso. Partiendo de realidades prosaicas y extravagantes, convierte sus historias en verdadera belleza. En redención innegable de las realidades más paupérrimas del hombre, a las elevadas montañas del gozo de la verdad.

  El escritor ruso estaba completamente consciente de que no era un sacerdote ortodoxo,  ni un poeta nacional como Puskin, ni un gran narrador como Gogol, ni un moralista como Tolstoi. Sino un profeta laico, de caminos difíciles como Jeremias que, a pesar de estar  lleno de complejos y debilidades, debía cumplir con el mandato divino de escribir las parábolas de los tiempos modernos.

  La vida animal que acarreaban los deseos e instintos sucios en la degeneración social de la Rusia de Dostoievski, borracha de ideas que  llevan a la sociedad hacia un precipicio  atiborrado de cadáveres; gracias a la mucha atención que le prestamos a los falsos profetas. Esta declaración es toda la vida y obra del escritor ruso. Al contrario de la degeneración actual, para el escritor ruso, como todos los grandes escritores rusos, la verdadera esencia  de la sociedad era Cristo mismo, y que por lo tanto, solo la belleza, esa belleza, salva.

 Hoy  los escritores y muchos otros artistas, aun muy buenos creadores,  han pillado  la idea, guiados por muchos falsos maestros, de que se puede construir un mundo sin la búsqueda  sincera de la verdad y la belleza. Sin embargo, se puede construir un mundo distinto y una vida feliz, al menos,  si tan solo buscamos ideas de los gozos verdaderos y sublimes de nuestra infancia, y no, en los deseos viciosos de nuestra adultez, corrompida por tantos falsos profetas, que han quedado plasmada en la continua degeneración de las bellas artes. Un arte tan vacía de contenido, nada profundo que no nos permite ver la luz, y nos detenemos borrachos de un esteticismo, más lleno de  extravagancia que de verdad y belleza.

  Las novelas de Dostoevski presentan un mundo caótico del espíritu humano, su propia sociedad junto con toda la nuestra, con un vicio mordaz: la dictadura del relativismo. Todos los  personajes de sus novelas, aferrados y borrachos de las ideas modernistas, enloquecidos con el sistema de este mundo, en vida pública o privada,  arrasado por la violencia, la confusión y la maldad que imperan en este sistema de cosas muertas, donde los falsos profetas son aplaudidos y amamantados con el diezmo de nuestra voluntad enajenada. El profeta ruso, a semejanza de Cristo deja desnuda la sociedad con toda la malicia que habita en el espíritu  mezquino del hombre moderno.  “Hijo de hombre” dijo Dios a Ezequiel retumbando su conciencia: “habla a este pueblo rebelde y obstinado”. Los tiempos de miseria espiritual como los que vivió Ezequiel se repiten en nuestras sociedades pseudocristianas, y Dostoievski fue como el fotógrafo de esta borrachera modernista. Se reflejan hoy en día en la literatura superflua y carente de belleza. Es decir carente de verdades profundas.

  La rebeldía contra la tradición y la obstinación contra la verdad trascendental,  en cada una de las comarcas de nuestras vecindades llega a niveles execrables, alimentadas y alentadas por los falsos profetas. Pobres corazones soberbios y obstinados, corrompidos por tantas voces falsas, legiones. Es lo que dice Dostoievski en sus novelas.

  En fin, en verdad no se que tan consciente estaba Dostoievski de ser un profeta que escribía novelas, como Ezequiel lo fue como un  actor que profetizaba con “obras de teatro”, lo que sí sabemos y estamos seguro, que él era y es para la degenerada cristiandad, lo mismo que eran los caballeros medievales contra los moros. Eso lo sabemos por la biografía de Dostoievski contada por su hija Aimee Dostoievski, que el escritor ruso lloraba cada vez que recitaba el poema El  Caballero Pobre de Alexander Pushkin:

Era un pobre caballero silencioso,
sencillo, de rostro severo y pálido,
de alma osada y franca.
Tuvo una visión,
una visión maravillosa
que grabó en su corazón
una impresión profunda.

Púsose un rosario al cuello,
como una insignia,
Lleno de un puro amor,
fiel a su dulce visión, escribió con su sangre
A.M.D. sobre su escudo Invocando el nombre de su dama,
él gritaba con exaltación feroz:
Lumen coeli, sancta Rosa!
De regreso a su castillo lejano,
vivió severamente como un recluso,
siempre silencioso….

Más que un profeta, era un caballero. Un templario de las letras.