La honestidad intelectual: Una práctica que apenas sobrevive

Cuando alguien se decide por una cosmovisión, debe buscar, aunque sea por motivos intelectuales, aplacar la ignorancia. Pero informarse de esos temas que le competen al ser humano, es algo que debe hacerse conscientemente. Porque amar el conocimiento, como desprende el viejo significado de filosofía, debe ser como mínimo una búsqueda honesta.

Pero ya hace algunos años, décadas, hasta milenios, ésta importancia que implica abastecer el conocimiento, se ha visto apostando por una práctica bastante común: una carencia de lo que es ser honestamente intelectual.  Creo que por más conocimiento que se intente descubrir, siempre será una pésima practica sabotear el conocimiento mismo por la mera reputación que unos quieren darse. Es preferible, en ese sentido, elegir una “filosofía barata”, que por una práctica que solo quiere salvarse el pellejo. Mientras haya algo que cuidar, o creer que uno se salva así mismo, nunca fomentaremos una práctica sana respecto al conocimiento. La honestidad intelectual implica sacrificar su orgullo, reconocer que, aun teniendo cierta cosmovisión definida, del otro lado se puede asentir en sincronía con la misma afirmación.

Una de las tantas motivaciones principales que llevan a alguien a buscar arduamente el conocimiento es evitar que lo engañen, estar bien documentado, detectar el engaño y evitar que alguien pueda persuadirlo de lo contrario. Pero pocas veces estas motivaciones son las de evitar engañarse así mismo. Lo que erradica aquí no es precisamente un desconocimiento, sino una predisposición para no verse en vergüenza ante el contrario. Es mucho mejor una ignorancia honesta, que una presunción absoluta.

Entiéndase que el conocimiento es algo que está en el alcance de todos, y que lo más cercano al conocimiento es una comunidad, y aunque muchos quisieran usarlo de una manera exclusiva para crear su propio castillo, este se derrumba por sus débiles cimientos. Aunque lamentablemente estamos en una época donde le ponemos la corona al bufón, y lo convertimos en un rey (o un influencer). Uno no está a salvo de la tergiversación, aún más cuando la opinión popular es la que triunfa, y ciertos grupos se muestran hostiles, dispuestos a atacar el argumento contrario. El conocimiento tiene que ser distribuido de una manera desinteresada, y competir en la manera más justa en sus correspondientes áreas. La cultura del poder en este sentido, ha hecho bastante daño, porque si el conocimiento en cierto sentido implica poder, es para que ese poder sea una protección ante el engaño y un héroe para el débil, ante el que lo utiliza para desinformar, y no, claro está, para reclutar un ejército de loros que imitan, y monos que aplauden cualquier discurso.

El conocimiento debe partir de una búsqueda honesta, entender que un tesoro no estará enterrado precisamente en nuestras propias tierras, y que de no ser así buscarlo en otros territorios no significará que estaremos automáticamente nacionalizados en tierras ajenas. Pero muchos entienden que es una traición así mismos o a lo que representan ante un grupo. Realmente se trata de un sistema de defensa para débiles que no pueden aceptar verse aliados con sus contrapartes en ciertos temas.

Quizás se piense que el conocimiento no es bueno ni malo, que no es honesto ni deshonesto, pero su aplicación puede llegar a ser personal.  Y para aplicar hacia una aseveración personal negativa y deshonesta, lo mejor sería replicar la buena práctica: Empezar a buscar el conocimiento desde adentro, y desarrollarlo sanamente hacia fuera. Optar, dependiendo de nuestra hambre y disciplina, una filosofía sencilla y aguda que depure hasta el mínimo rastro de orgullo y arrogancia.

Pero no se puede hablar de estos temas, pues uno corre la suerte de ser tachado de moralista, o juez. De todas formas, yo me quedo en mi posición: sabiendo que después de haber aprendido algo, aún estoy lo suficientemente capacitado para seguir siendo un ignorante.